
Christine se pinta las uñas tranquila, con calma. Se mira los dedos de los pies, pensativa. Yo la observo desde el sofá. Me fijo en sus ojos castaños y me doy cuenta de que tiene la ciudad tatuada en las retinas. Edificios, calles oscuras, bares abiertos. Plazas, bancos, niños jugando. Árboles raquíticos, setos, columpios. Putas y policías, vecinos y yonquis, ancianos y palomas. Van pasando por sus ojos como diapositivas, despacio pero sin pausa, movimiento inerte. De pronto dirige sus ventanas hacia mí, parece que va a decir algo pero moja el pincelillo del pintauñas y sigue en ello.
Christine es lista como el hambre, es inteligente y tiene una belleza especial, ya no corriente. No es guapa en el sentido académico del término pero, por el contrario, es imposible resistirse a su mirada, a su andar elegante, a su risa imposible. Hace años que la conozco pero nunca dejo de conocerla. Hace siglos que sé de ella pero cada día es una sorpresa nueva. Me gusta mirarla cuando se pinta las uñas, medio desnuda, concentrada en lo que hace, delicada en cada gesto. Me gusta en lo cotidiano porque lo hace distinto, lo hace especial, insólito y excepcional. Me gusta todos los días porque parecen domingos.
Christine sueña desvelada mientras se decora los dedos, largos y móviles, hábiles. Sueña futuros y al soñarlos los hace sueños presentes de entre semana. Tiene esa rara destreza de hacer incomparable lo común. Christine es especial a su manera, es lazarillo de ciego despierta y libro abierto dormida.





